oficio corresponsal de guerra

El oficio de corresponsal de guerra

La pasión y la locura comparten adn. Son lo mismo sin atisbo de duda. La vocación que se esgrime para elegir una profesión, incluye una tangible pero mesurada proporción de ambas. Nada que consideremos extraordinario. En cambio, sí que hay un pequeño puñado de formas de vida que son puramente pasión, o son puramente locura. O una mezcla, según se mire. O sea, que entonces, y siempre desde mi punto de vista, los corresponsales de guerra no están bien de la azotea. O son los profesionales más apasionados que existen.

Desde que el mundo es mundo

Las historias de guerra se relatan desde la Antigüedad Clásica. En el 500 A.C. los militares eran los encargados de ofrecer una visión de los conflictos al exterior…Si salían con vida claro. Una figura célebre como Julio César ya escribía crónicas bélicas de la Guerra de las Galias.

El belicismo en el siglo XX, período en el que la información, aunque sesgada, comienza a ser más accesible, ha sido la triste constante geopolítica de nuestro tiempo. Y ante la expresión más desalmada del género humano, los periodistas siempre han opuesto resistencia, heroica y sentida. A pesar de los riesgos.

 En la Primera Guerra Mundial se registró el fallecimiento de dos periodistas. La cifra se disparó a 68 en la Segunda. Grandes figuras en la corresponsalía de guerra como Ernie Pyle, Robert Capa o Walter Conkrite marcaron una línea a seguir.

Sospechosos habituales…y desprotegidos

El último tercio del siglo XX y el siglo XXI ha dispuesto un contexto, que parecería a priori más asequible para los periodistas en cuanto a logística y seguridad. En cambio, y muy al contrario, aterroriza pensar en que un familiar o amigo se embarque en tal osadía conociendo la virulencia y sin sentido que reinan en la actualidad en el mundo árabe donde se desarrollan los principales conflictos bélicos.

Desde el 25 de noviembre de 2001, tras la caída de las Torres Gemelas, con la invasión de Afganistán y posteriormente de Irak, el terror sobre el ciudadano occidental se ha tornado dramático. A pesar de todo, a muchos compañeros les sigue guiando en la vida su devoción por la adrenalina de una guerra, por la rabia de tantas injusticias individuales, colectivas y familiares que arrastran tan ominosas circunstancias. Se sienten obligados a ser voceros de tan horrenda tesitura. Sus propias vidas parecen no tener valor. Siempre le valdrá la pena al corresponsal de guerra abandonar a su familia, inmiscuirse en un submundo tan real y maléfico, como ruinoso y nada lucrativo para ellos mismos.

En el conflicto de Irak, según fuentes de Freedom Forum, 85 fueron los profesionales de la información que perecieron en el ejercicio de su trabajo. La barbarie desatada por el autoproclamado Estado Islámico (IA) ha encontrado en reporteros, camarógrafos y fotógrafos blancos fáciles para su propaganda de sangre y violencia. En Siria ya van 28…

El deber por encima de la razón

Como periodista, nunca arriesgaría mi propia vida por ejercer mi profesión. Así lo siento. Hay mucha gente detrás que me importa y que sé que sufrirían más que yo sobre el terreno. Pero la naturaleza de los corresponsales de guerra es diferente. Tienen un deber que acometer, que está por encima de todo lo demás. Y por ello son admirados y respetados.

¿Héroes o locos? Misma conclusión que en el primer párrafo de este post: Ambos.

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